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   ALCOHOLISMO EN CHILE



Viviendo en una Botella



Nerviosismo, náuseas, temblores musculares. Alteraciones síquicas como tendencia a mentir y una verborrea incesante, falta de autocrítica y autoestima, propensión a la irritabilidad y a la violencia, pérdida de la memoria reciente, delirios y alucinaciones visuales. Problemas económicos. Enfermedades como gastritis crónica, úlceras, anemia y la más conocida: la cirrosis hepática. Todo lo anterior es sólo una parte de lo que sufren quienes están enfermos de alcoholismo, y ni hablar de la larga lista de efectos que produce en las familias de estos enfermos. Conscientes o no de lo anterior, para los alcohólicos el deseo compulsivo de seguir bebiendo siempre es más fuerte.
Aproximadamente un millón de personas en nuestro país sufre esta enfermedad, también llamada “síndrome de dependencia del alcohol”, que se manifiesta en forma lenta y variable, dependiendo del individuo. Una vez que se establece la dependencia física, la enfermedad se vuelve progresiva.
Según el siquiatra Mariano Montenegro, jefe de Tratamiento y Rehabilitación del Consejo Nacional para el Control de Estupefacientes (Conace), entidad que trabaja la problemática del alcoholismo en conjunto con la Unidad Mental del Ministerio de Salud, los consumidores son “primero, el experimental, que lo prueba para ver si le gusta. Luego está el ocasional, que consume de forma social, es decir, si es que hay trago toma, si no hay no consume. Y tercero está el habitual, que consume con cierta regularidad y que cuando no hay, compra”.
Aunque este último está en el límite, el especialista indica que hasta ahí se trata de bebedores no problemáticos. “Pero cuando empiezan los problemas físicos o síquicos, en las relaciones familiares, de pareja, educacionales, en el trabajo o con la ley, se trata de bebedores problemáticos o abusivos”. Luego viene la peor etapa, señala Montenegro, “cuando empiezan a beber y ya no pueden parar, se vuelven dependientes y tienen que beber cada vez más alcohol para tener el mismo efecto. Entonces, estamos hablando de una dependencia alcohólica o alcoholismo”.
En este largo y embriagante camino influyen factores hereditarios, genéticos, sociales y sicológicos. Otro factor que predispone al alcoholismo es ir aumentando la cantidad de grados alcohólicos de la bebida. “Por ejemplo, un vaso de piscola de 40 grados, es equivalente a 10 vasos de cerveza, la cual tiene más o menos 4 grados de alcohol”, dice Montenegro.
De acuerdo a los estudios de Conace, la edad promedio de inicio de los jóvenes chilenos en el alcohol es a los 14 años, lo cual es algo más o menos estable. Lo que ha ido variando es que las mujeres han ido empatando el nivel de consumo de los hombres. El siquiatra agrega que “los adolescentes que consumen son menos que los adultos. Pero los adolescentes consumen en mayor cantidad que los adultos”.
En el aspecto socioeconómico, los tres niveles -alto, medio y bajo-, consumen de forma similar. Sin embargo, el especialista indica que el consumo problemático se da más en los sectores populares, “porque no tienen proyectos ni esperanzas, es una forma de evasión. En cambio las personas con más recursos, tienen la posibilidad de viajar, hacer deportes, tener proyectos, todo lo cual ayuda a disminuir el potencial adictivo”.
De modo general el especialista reconoce que “pese a los esfuerzos del gobierno, el consumo de alcohol se mantiene con una leve alza”. Algunos motivos son que Chile tiene gran producción de vinos, licores y piscos, por lo tanto una oferta de precios muy accesibles, además de una tradición de beber. Montenegro agrega: “Hay una cultura de no conversar derechamente el problema, es un tema que se toma para el chacoteo, el curadito de la mayoría de las familias es lo más simpático que hay”. El siquiatra explica que debería ser todo lo contrario, y que sin caer en el moralismo “deberíamos tener conciencia de que emborracharse es de mala educación, una grosería. Además, un curado hace mucho daño: humilla, agrede, ofende, atemoriza, causa accidentes y se gasta en trago la plata para mantener a su familia”.

VIDA BORRACHA

Todo estos problemas los vivió en carne propia Yeco, quien durante gran parte de sus casi 60 años fue primero víctima y luego victimario. Su madre, padre, padrastro, más varios tíos y primos, murieron por causa del alcoholismo. Por eso, Yeco cree que nació alcohólico: “Yo de niño nunca tuve afecto ni cariño. De hecho mis familiares me contaron que la primera vez que me curé tenía 4 años, cuando mi mamá y su amante me llevaron de paseo, pero me dejaron solo y yo, sin tener conciencia, me tomé una botella de chicha”. La bebida siguió apareciendo en la vida de Yeco. Siendo niño sus familiares alcohólicos lo mandaban a comprar vino con una botella, la cual nunca regresaba llena, “mientras volvía, le sacaba el corcho y me tomaba como un cuarto. A mí me gustaba, porque me sentía bien, y en la casa no se daban ni cuenta”.
Los problemas por la bebida fueron creciendo, hasta que Yeco dejó la escuela y a los 14 años comenzó a trabajar en lo que se diera. Pero el dinero inevitablemente iba a terminar en una botella. “Y para peor, era bueno para los combos. Cuando salía con amigos no aguantaba nada, que nadie siquiera mirara a la mujer que anduviera conmigo. Me prendía altiro, también lo hacía por aparentar, para que todos me vieran. Con copete y sin copete igual era choro; pero con copete más choro todavía; andaba buscando mocha”. En medio de estas andanzas juveniles, Yeco se casó y tuvo una hija.
Pero el matrimonio le duró casi lo mismo que una botella de trago. Se separó a la edad de 18 años, según él “por incompatibilidad de carácter, por venir de una familia mal constituida, por problemas familiares y económicos, y también por el trago”. Completamente solo, Yeco partió a Antofagasta, pero se había convertido en un alcohólico, y tomaba a toda hora y por cualquier motivo. “Para la caña mala, para la caña buena, porque tenía ganas y porque no tenía. Empecé a robar para tomar, me metía a las casas cuando estaban vacías. Y tomaba desde whisky hasta las colonias que robaba de los baños de las casas. Me lo pasaba entrando y saliendo de la cárcel”.
Finalmente, Yeco terminó viviendo en un camión abandonado, como un vago, pidiendo dinero para su adicción. Entonces, luego de buscar y buscar, su hija, ya mayor y con una hija, logró dar con él y se lo llevó de vuelta a Santiago, a la casa de una hermana de Yeco. Pero no había caso, Yeco no podía controlar su necesidad de alcohol. “Seguí tomando, escondido le sacaba plata a mi propia hermana y a mi cuñado. Vendía cosas de la casa o macheteaba en la calle, tomaba en la plaza y me quedaba dormido en cualquier lugar”. Un día, un amigo taxista a quien le pedía dinero frecuentemente para tomar, le dijo: “Sabes, Yeco, tú estás enfermo, eres un alcohólico. Yo viví exactamente lo mismo que tú”. Yeco no lo podía creer. “Nunca se me ocurrió que él hubiese podido ser alcohólico porque es una persona de lo más decente. Así que le pregunté cuál era la solución, y me llevó a Alcohólicos Anónimos. Y entonces, me rehice como persona y desde hace quince años que no he tomado una sola gota de alcohol”.

ALCOHOLICOS ANONIMOS

La comunidad que hizo que Yeco dejara la bebida surgió el 10 de julio de 1935, cuando un corredor de bolsa de Nueva York y un médico de Ohio, que se consideraban borrachos desesperados, fundaron Alcohólicos Anónimos (A.A.). Esta agrupación fue creciendo con el tiempo. En la actualidad es una comunidad mundial y voluntaria de hombres y mujeres de toda condición, edad, raza o religión que se ayudan mutuamente a permanecer sobrios. Ofrecen ayuda a cualquiera que tenga problemas de bebida y quiera hacer algo al respecto. Como todos son alcohólicos, tienen una especial comprensión entre ellos, saben cómo se siente estar enfermo y han aprendido a recuperarse de su enfermedad.
A.A. está presente en más de 160 países, entre ellos Chile, donde empezó a entregar sus servicios el 14 de agosto de 1965. Debido a que el anonimato es la base espiritual de una sociedad de iguales, el director de A.A. en nuestro país sólo nos puede dar sus nombres sin apellido, Jorge Sebastián, un profesor de historia y geografía.
Jorge Sebastián es un alcohólico recuperado tras largos años de borracheras. Lleva 14 años de sobriedad. Según su experiencia, el momento en que un alcohólico entiende que debe recapacitar es cuando toca fondo: “A mí me sucedió cuando mi mujer me abandonó, eso detonó algo en mí. Fue un choque tan fuerte que me hizo reaccionar, y tuve la suerte de que en ese momento me encontré con alguien de A.A. que me llevó a las reuniones y dejé de beber”.
En Chile existen alrededor de 160 sedes de A.A., con un promedio de afiliados cercano a las 1.800 personas. “Hace unos quince años, el noventa por ciento de los miembros eran hombres. Pero en la actualidad, el sesenta por ciento son hombres y el resto mujeres”, indica Jorge Sebastián. Todos ellos, mediante aportes voluntarios, financian el funcionamiento y las actividades de A.A. “Nosotros tenemos como principio no aceptar aportes de nadie que no sea miembro de A.A., y quien quiera ingresar no tiene obligación de pagar nada. Sólo tiene que señalar que quiere ayuda y todo el grupo se aboca a entregarle el mensaje al recién llegado, compartiendo nuestra experiencia de haber aprendido a vivir sin beber”.

LA ABSTINENCIA

Para rehabilitar a los alcohólicos, A.A. aplica un programa de completa abstinencia, pero como de acuerdo a su experiencia las promesas de no tomar nunca más siempre se diluyen en un vaso, prefieren convencerlos de que cualquier alcohólico puede permanecer 24 horas sin beber, y que si renuevan todos los días esa promesa, van a completar una semana, un mes y años sin beber. Luego de esta primera etapa “les sugerimos que asistan a la mayor cantidad de charlas posibles, luego le proponemos que efectúen algunos cambios en su vida: que abandonen los viejos hábitos, las viejas costumbres, y que no se junten más con los amigos de borracheras, que no guarden alcohol en la casa, que eviten la tentación y que cuando tengan enfrente la primera copa, se resistan como sea. Porque es la primera copa la que desata el problema”, explica Jorge Sebastián.
Durante este proceso se trabaja con “los doce pasos de A.A.”, ideas y actitudes para mantenerse firme en la oposición a la bebida que sugieren utilizar el tiempo en forma productiva. Según Jorge “los doce pasos universalmente conocidos son la base para mejorar la calidad de vida de los adictos en general. El primero, es la admisión del alcoholismo. Otros son reparar los daños causados por el alcohol y mejorar la vida espiritual, a través de la oración y la meditación”. Luego que la persona ha adquirido cierta tranquilidad, se le sugiere que comience a leer literatura de A.A., y que mejore las relaciones con su familiares o seres queridos, poniendo énfasis en que se perdone a sí mismo y no se culpe: “Porque las cosas que él considera culpas no lo son, ya que cuando hizo lo que hizo no estaba en su sano juicio, no meditó ni programó. Actuó porque andaba borracho”, explica Jorge Sebastián.
Este programa se lleva a cabo mediante dos tipos de reuniones. Las abiertas, en donde los oradores comparten sus experiencias sobre cómo empezaron, cómo encontraron a A.A. y de qué manera el programa les ha ayudado en su vida. En estos encuentros los miembros pueden invitar a sus parientes y amigos. Además, cualquier persona interesada en el tema puede ingresar. Las segundas son las reuniones cerradas. Son únicamente para alcohólicos.
Y al igual que el alcohol, las relaciones amorosas entre miembros de A.A. también están prohibidas. Por lo menos al principio, ya que según Jorge “como el alcohólico llega sin cariño, sin amor, es fácil que se le aparezca una compañera en el grupo que tiene los mismos problemas y entonces empiezan a gustarse. Pero cuando se mejoran puede venir una desilusión, un desencanto, y tarde o temprano aparece una botella”. Con estas y otras medidas, ya son más de cuatro millones de personas en el mundo las que se han rehabilitado del alcoholismo gracias al programa de A.A.: “Son alrededor de quince mil personas en Chile, en las cuales hay que tomar en cuenta el efecto multiplicador, porque cuando un borracho se recupera, se arregla una familia entera, se mejora el rendimiento laboral en una empresa y mejora la sociedad completa”, dice Jorge Sebastián.
En todo caso, señala que ellos no son ex alcohólicos, porque se trata de una enfermedad que se sufre de por vida. Nunca podrán volver a beber en forma normal. Ellos se consideran alcohólicos sobrios o recuperados, que día a día vencen la tentación. Y a pesar de que el alcoholismo es una enfermedad que científicamente aún no tiene cura, sí está comprobado que su tratamiento y recuperación es posible

COSTOS
de la borrachera
nacional


Según el siquiatra Mariano Montenegro, el alcoholismo acarrea una gran pérdida económica para la sociedad: “La gran mayoría se enferma síquica y físicamente. Se accidentan, chocan y atropellan mucho más, tienen más violencia callejera y se intoxican, por lo tanto, ocupan mucho más los servicios de urgencia y de salud”. Como si lo anterior fuese poco, también están los llamados “daños colaterales”: “La familia y las personas que rodean a un alcohólico también se ven afectadas síquica y físicamente. Aumentan las depresiones, tienen riesgo de consumir drogas y volverse violentas”, indica el especialista. Todo ello se ve corroborado al revisar los siguientes datos, extraídos de diversos estudios:
• En Chile se consumen 11,5 litros de bebidas alcohólicas por persona al año, y se tiene la segunda tasa más alta de mortalidad por cirrosis hepática en el mundo, después de México.
• El alcohol está relacionado con el 42% de los accidentes de tránsito con consecuencias mortales, con el 50% de los homicidios, con el 60% de los delitos y con el 68% de las hospitalizaciones.
• El 30% de la fuerza laboral chilena tiene problemas con el alcohol. Se le atribuye el 70% de las ausencias injustificadas y un 13% de los accidentes laborales. Se estima que un bebedor excesivo sufre de un 30% de descenso en su productividad y acarrea una disminución del 10% en el rendimiento de sus compañeros de trabajo.
• Si se suman los costos sobre la productividad, las muertes prematuras, y los gastos médicos y sociales, se calcula que el alcohol representa para el país una pérdida superior a los dos mil millones de dólares cada año.
Por ello Montenegro concluye: “Es más caro no tratar el alcoholismo. Si no se trata aumenta mucho más la espiral de gastos. En cambio, si se trata a tiempo, lo que se está haciendo es una inversión.


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